domingo, 30 de septiembre de 2007

Vivir entre monos



Hace tres años llegamos a este pueblo; la primera vez que lo vimos, nos pareció, además de pintoresco, mono. Poco después descubrimos que la sociedad del pueblo estaba compuesta, en su mayoría, por una raza autóctona de monos, incultos y sin educación. Al principio era algo que no nos afectaba de forma directa, en cuanto llegó Chel Ha, la perra, las cosas se empezaron a complicar, ya había un pretexto para llamar la atención a los más de veinte monos que se reúnen durante cuatro meses al año –en verano- frente a mi casa. Desde las cinco de la tarde hasta la una de la mañana, hay que soportar el calor entre gritos, el molesto zumbido de motonetillas y la música a toda caña, que va desde flamenco hasta chunta-chunta. Una mona de la familia de los gordangutanes, especie también autóctona, que habita en gran número, tiene un kiosco de helados que le sirve de tapadera para el verdadero negocio, que es la venta de alcohol. Ahí departe el capo de las drogas, que es, en realidad, el vago del pueblo y que, además, es alcohólico. Aquí también vive gente, muchos son de otro sitio, los monos les llaman jipes, hay personas de Ecuador, Argentina, Uruguay, Francia, Inglaterra, de otras provincias de España y, por supuesto, yo, de allende los mares, donde el sol se hizo piedra y la piedra un poema. Pero los monos no se mezclan con los jipes, sólo la poca gente oriunda del lugar tiene algún tipo de relación con los foráneos. Al poco tiempo de llegar, una chica nos advirtió que los monos eran muy perros. Creímos que sería algún chiste como el del oso hormiguero, pero nada más lejos de la realidad.

Cuando llegó Izel, nuestros intereses cambiaron, regalamos a la perra y, ante el panorama, decidimos que sería mejor emigrar, aunque resolvimos esperar algunos años más hasta que el nene tuviera que ir al cole, para evitar que asistiera a clases aquí, toda vez que la escuela del pueblo es para monos. Poco antes de nacer Izel, sentimos que Granada ya nos quedaba chica para nuestros proyectos y ambiciones; no obstante, con el bebé recién nacido y el proyecto Pacos funcionando, pensamos que quedarnos era una buena opción, a pesar de que las constructoras se habían ido adueñando poco a poco del pueblo y, con el consentimiento del gobierno monocipal, nos habían tapado la vista de la montaña, paisaje principal del que solíamos disfrutar mientras desayunábamos o comíamos. Sin embargo, este verano la situación ha rebasado nuestros límites y ha invadido nuestro hogar literalmente, no sólo porque nos robaron de la terraza las plantas de maría, toda la cosecha de este año, sino, además, porque ha opacado toda la felicidad que sentimos el primer día que dormimos aquí. Estamos decepcionados y a disgusto; no nos importaba ya que los monos no nos devolvieran el saludo o que, después de tres años de comprar en el mismo supermercado, nos siguieran vendiendo fruta pasada o verduras en mal estado, de esas que no darían a ningún mono, camufladas de tal forma que cuando nos dábamos cuenta ya era demasiado tarde, pero que irrumpieran en nuestra casa y en nuestra paz de ese modo ya no podemos dejarlo pasar.

El vago del pueblo tiene organizados a los jóvenes monos, saben a qué hora no estás y quién tiene plantas, las roban y el alcohólico se las paga, después él se encarga de la venta al menudeo en el kiosco de la gordangután. Días después de que nos robaran, sorprendí desde mi ventana a dos monos hablando, mientras se quitaban los piojos, de la forma como realizaron el robo, ante la mirada casi orgullosa del capo. Tomé aire y conté hasta diez para no bajar al kiosco a recuperar mis plantas al estilo narco de Sonora. Porque que ni soy narco, ni soy de Sonora, ni tengo cincuenta pistoleros a mi servicio. Además, eso habría implicado echarme a todo el monerío encima y no soy tan pendejo. Pero fui a reclamar, cosa que no sirvió de nada, negaron todo; acaso sirvió para que supieran que tenía conciencia de que habían sido ellos. Supimos, por una conversación con nuestra amiga, que es una práctica habitual, porque no hay quien diga o haga algo. Yo pensé: cómo van a decir algo, si los monos no hablan. Comprendí con esa reflexión por qué cuando les reclamé se limitaron a mover la cabeza de un lado a otro.

Desde entonces, cada que veo a un mono, me hierve la sangre y me dan ganas de vomitar, me siento maniatado, salgo a tocar y estoy preocupado de dejar a mi familia sola en casa. Amanda se enfurece, es capaz de salir y hacerles frente como un maqui, pero ella es republicana, no maqui. Ya no vivimos bien, no estamos en paz, solemos arreglar nuestras diferencias como dos personas que se aman, que, además, se respetan y admiran, sólo que desde junio de este año, las diferencias las convertimos en problemas que intentamos resolver como los monos, a gritos. Lo peor es que Izel, que es un niño feliz y tierno, de repente se contagia de nuestra enfermedad y grita como monito mientras nos observa.

Hoy, durante la cena, hemos reflexionado sobre todo lo que aquí resumo y tomamos la decisión de reducir el tiempo de espera para emigrar, de unos años a un par de meses. La próxima semana vamos a Salamanca a ver lo que será nuestro destino, con la intención de poder mudarnos en diciembre. Ningún lugar es perfecto, pero tampoco nunca antes nos había afectado el entorno. Donde vamos es una finca a cinco kilómetros del pueblo más próximo y a diez de Salamanca. Queremos recuperar la paz y devolvérsela al nene, queremos continuar volcados en nuestros proyectos y crear otros nuevos y, aunque ningún lugar es perfecto, sentimos que ese sitio nos dará lo que queremos, amén conciencia de que siempre nos quedará un rinconcito en México.